¡Pistoleros...Malditos Pistoleros!
Frank Caudett - ¡Pistoleros...Malditos Pistoleros!
Perry Lasron era un fornido muchacho de elevada estatura.
Además, era también un hombre hábil con las armas.
Y excesivamente afortunado en el juego.
Así lo entendieron los cuatro hombres que se hallaban sentados con él,
alrededor de la mesa cubierta por verde tapete y sobre el cual se hallaban
esparcidos, boca arriba, cinco sentenciosos naipes.
Sentenciosos, porque significaban la ruina, no ya de cuatro hombres,
sino de todos los habitantes de Prescott, en el Estado de Arizona.
Rodeando la mesa se encontraban un buen número de individuos, con
indumentaria de vaqueros, entre los que figuraba Nick Lasich, sheriff de
Prescott.
Un silencio sepulcral descendió sobre el saloon cuando Perry Lasron
se alzó de su asiento y abarcó con ambas manos el producto de sus
ganancias en aquella segunda noche de juego.
Ni más ni menos; ciento cincuenta mil dólares.
La cantidad exacta que el banquero del pueblo, Henry Teller, había
repartido entre él y sus tres compañeros con la completa seguridad de que
iban a resarcirse de las pérdidas del día anterior que, aproximadamente,
ascendían a treinta mil dólares.
Pero esa seguridad había fallado estrepitosamente, y Perry Lasron,
haciendo gala de igual limpieza y habilidad que la noche anterior, acababa
de hundirles en el abismo de la ruina.
Jessie Aston, juez de Prescott, uno de los cuatro que habían intervenido
en la partida contra Perry, contrajo sus porcinos ojillos de color pardo al
clavarlos en la elevada figura del muchacho que, con parsimonia, iba
recogiendo el producto de su afortunada intervención con la baraja.
Pensó Aston que resultaba inaudito, casi imposible, lo sucedido. Y
pensó también que no podía dejarse salir de Prescott al hombre que
prácticamente los hundía en una maestría desesperante...

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