Las Joyas De La Confederación
Frank Caudett - Las Joyas De La Confederación

1863.
Salisbury, Carolina del Norte.
Corrían los tiempos en que todavía un grupo de románticos soñadores
y un buen puñado de ilusos creían en la victoria de la Confederación.
A pesar de los serios reveses sufridos recientemente en Gettysburg y
Vicksburg. Y sin hacer mención de lo que en su momento significaría para
el Sur la llamada «Marcha hacia el mar» que ya estaba preparando el
general Sherman y que iba a comportar, entre otros desastres, la
destrucción de Atlanta, que se vería reducida a cenizas por el fuego
devastador convirtiéndose en el principio del fin de la causa confederada.
Pero eso, aún no se sabía.
La gente del Sur no sabía muchas cosas y por otra parte no tenía
excesivo interés en saber demasiadas. Ellos, preferían seguir pensando que
la guerra era una sencilla aventura de ideales en la que los «buenos» iban a
salir triunfadores. Algunos, incluso, estaban convencidos de que no pasaría
de ser un cómodo paseo militar animado con música castrense en el que
sus apuestos oficiales, elegantes, altivos, pasearían orgullosamente el gris
de sus uniformes dejando boquiabiertos a los patanes del Norte, que, ante
aquel singular avance, no tendrían más opción que rendirse sin
condiciones frente al lujoso y marcial despliegue de la Confederación.
Pero la guerra iba a ser otra cosa. Una auténtica tragedia. Un caos de
sangre y muerte. Un proceso metódico, sistemático e imparable de
destrucción, en el que los sureños habrían de acabar por enfrentarse a una
dramática realidad. Aquel sueño glorioso, hasta lúdico, con que ellos
habían idealizado la guerra, tendría un amargo despertar. Un despertar
patético lleno de hermosas imágenes rotas, destrozadas.
Pero hay que insistir en que por entonces, mientras corría el año 1863,
las gentes del Sur preferían seguir ignorando todo aquello...

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