martes, 24 de marzo de 2020

Frank Caudett

Oklahoma


Frank Caudett  - Oklahoma

Hutchinson, territorio de Kansas, año 1857
Para él, todo aquello era como un largo, profundo, interminable
destello de sangre.
Rojo, de espectral magnitud escarlatada, de hiriente reflejo cegador
despedido por un sol enorme, grandioso, horrendo, que se concentraba en
el interior de sus ojos azules, nublándole la vista..., inundando su mente
infantil de alucinantes visiones.
Las llamas eran altas, descomunales, larguísimas, furiosas como una
maldición implacable, que elevaban al cielo sus cúspides agudas y
negruzcas pidiendo, clamando justicia, gritando... justicia.
El fuego...
Y veía la alta, severa, estirada silueta de Howard Carter, retorciéndose,
doblándose, contorsionándose... cada vez que un nuevo impacto lo enviaba
contra las llamas que ya habían prendido sus vestiduras; cada vez que uno
de aquellos asesinos disparaba, disparaba, disparaba sobre él.
Era el destello de sangre, rojo, terriblemente cegador... grabándose con
cada fogonazo anaranjado, con cada estampido, con cada impacto, con
cada contorsión de su padre grabándose con los tipos de una imprenta de
fuego y de caracteres indelebles al otro lado de la frente de aquella
criatura aterrada, sobrecogida por el pánico, impotente, torpe, oculto
testigo que, con los azules ojos desorbitados, contemplaba entre unos
arbustos aquella ola de fuego, sangre, horror..., aquella enorme y
gigantesca ola de tragedia.
El fuego hablaba, tenía voz, poseía un lenguaje. Pero voz y lenguaje

crepitantes quedaron ahogados, palidecidos, por aquel grito...

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